SOBRE MÍ
MARI CARMEN ARJÓ
La bicicleta ha estado presente en mi vida desde que era una niña. Con el tiempo dejó de ser solo un deporte para convertirse en una forma de viajar, de entender el mundo y de construir la vida que realmente quería vivir.
Siempre he sentido que la bicicleta me permitía ver el mundo de una manera diferente.
No recuerdo un momento concreto en el que empezara a montar en bici. Simplemente, desde pequeña, era una de esas cosas con las que podía pasar horas sin mirar el reloj.
Con los años llegó el triatlón. Durante más de diez años formé parte del equipo Tri-4.40 de Lleida. Me gustaba entrenar, competir y marcarme nuevos retos, pero, si soy sincera, lo que realmente me enganchaba no era el día de la carrera.
Era todo lo que ocurría antes.
El compromiso con uno mismo. Las conversaciones durante los entrenamientos. Los madrugones compartidos. La satisfacción de descubrir que podía hacer cosas que unos meses antes parecían imposibles.
El deporte me enseñó disciplina, constancia y superación. Pero, sin darme cuenta, también me estaba enseñando algo que hoy sigue formando parte de mi manera de entender la vida: que los mejores viajes no siempre se miden por el destino, sino por todo lo que ocurre durante el camino.
Hasta que un día necesité parar.
De un momento a otro, el futuro que había imaginado dejó de existir y tuve que aprender a convivir con una realidad que nunca habría elegido.
Fue, sin duda, la etapa más difícil de mi vida.
Un tiempo después viajé a Fuerteventura para hacer un retiro. Fui sin demasiadas expectativas. Solo necesitaba salir de un lugar en el que sentía que llevaba demasiado tiempo atrapada.
Y allí ocurrió algo que no esperaba.
La isla, el paisaje y la tranquilidad me hicieron sentir en casa de una forma difícil de explicar.
Poco después decidí mudarme.
Aquel viaje no solo cambió el lugar donde vivía. Cambió la forma en la que quería vivir.
Mirando atrás, me doy cuenta de que la etapa más difícil de mi vida también había sido el comienzo de una nueva.
Si no hubiera pasado por aquella etapa, probablemente hoy no estaría en Fuerteventura, no diseñaría experiencias cicloturistas ni acompañaría a otras personas a descubrir el mundo sobre una bicicleta.
Cuando llegué a la isla, la bicicleta volvió a aparecer en mi vida, aunque esta vez de una forma completamente distinta.
Ya no era una herramienta para entrenar.
Era mi refugio.
Cada vez que me subía a la bicicleta sentía que mi mundo se paraba. Durante unas horas no necesitaba nada más. Solo pedalear, respirar y dejarme sorprender por todo lo que iba encontrando en el camino.
Y, casi sin darme cuenta, empecé a encontrarme también a mí.
Fue allí donde recuperé un sueño que llevaba años conmigo: descubrir el mundo en bicicleta.
De ese sueño nació Explora y Pedalea.
Al principio solo quería compartir con otras personas lo que la bicicleta estaba despertando en mí. Quería acompañar a quienes soñaban con viajar sobre dos ruedas, pero no se atrevían a hacerlo solos. Quería demostrarles que muchas veces lo único que hace falta es alguien que te acompañe a dar la primera pedalada.
Con el tiempo entendí que lo que realmente me emocionaba no era diseñar rutas.
Era imaginar cómo se sentiría una persona al recorrerlas.
Qué miradores le sorprenderían.
Dónde se detendría sin tener prisa.
Qué conversación recordaría años después.
Qué rincón haría que ese viaje fuera diferente a cualquier otro.
Porque una experiencia no se construye solo con kilómetros. También se construye con los pequeños detalles que hacen que un lugar se quede contigo mucho después de haber vuelto a casa.
Al mismo tiempo, seguía sintiendo que me faltaba algo que siempre había formado parte de mi vida: una comunidad.
Un lugar donde entrenar, compartir, aprender y crecer junto a otras personas.
Fue entonces cuando decidí formarme como entrenadora nacional de triatlón y dar vida a Alma Triatlón Fuerteventura.
Hoy acompaño a personas de maneras muy diferentes.
A veces preparando un reto deportivo.
Otras guiando un viaje en bicicleta.
Y otras diseñando experiencias para que un destino se descubra de una forma diferente.
Si miro todo el camino recorrido, me doy cuenta de que, aunque parezca que he hecho muchas cosas distintas, en realidad siempre he estado buscando lo mismo.
Acompañar a personas.
Porque hubo un momento en el que alguien, o algo, me ayudó a volver a creer que podía empezar de nuevo.
Y quizá por eso disfruto tanto acompañando a otras personas cuando ellas también deciden dar el primer paso hacia algo que les ilusiona.
Todavía sigo aprendiendo.
Sigo viajando.
Sigo haciéndome preguntas.
Y sigo sintiendo la misma ilusión que cuando era una niña y pasaba horas sobre una bicicleta sin mirar el reloj.
Porque, al final, eso es lo que la bicicleta siempre ha significado para mí.
Una forma de descubrir el mundo.
Y, muchas veces, también una forma de descubrirme a mí misma.